Lo que la gente pregunta de verdad sobre usar la IA en el trabajo, respondido en la primera frase y explicado justo después. Salen del contenido del curso.
Porque le has dado una pregunta que le vale a cualquiera, así que te devuelve una respuesta que le vale a cualquiera. Una IA de texto completa lo que le das: si no le das quién eres, para quién trabajas y qué resultado necesitas, rellena esos huecos con la media de todo lo que ha leído, y la media siempre suena a folleto.
Escribe cuatro piezas en este orden: contexto (quién eres y para quién), tarea (qué tiene que producir exactamente), criterios (qué hace que esté bien) y formato (longitud, estructura y cómo termina). Con esas cuatro, la primera respuesta ya sirve; sin una de ellas, sabes cuál falta por el tipo de fallo que aparece.
Una alucinación es un dato inventado que la IA presenta con la misma seguridad que uno cierto: una cita que nadie dijo, un artículo de ley que no existe, una cifra redonda que suena bien. Se detecta pidiendo la frase exacta que respalda cada afirmación y comprobando a mano todo lo concreto: números, fechas, nombres propios y referencias.
Pega el correo que has recibido, explica en una frase qué quieres conseguir con tu respuesta y describe el tono con cosas comprobables. En treinta segundos tienes un borrador razonable; tú decides el fondo y compruebas los datos. Lo que bloquea un correo difícil casi nunca es escribirlo: es decidir qué se dice.
Deja de pedir «resume esto» y haz tres o cuatro preguntas concretas sobre lo que necesitas saber, exigiendo para cada respuesta la frase literal del documento que la respalda. Un resumen genérico es correcto y no responde a lo que te importa; una lista de preguntas te dice exactamente lo que te afecta y de dónde sale.
Nunca pegues datos personales de otras personas, contraseñas o claves, información sujeta a confidencialidad, historiales médicos, datos bancarios ni documentos internos sin permiso. La regla corta: lo que escribes en un chat sale de tu casa, así que no pegues nada que no dirías en voz alta en un ascensor lleno.
Escribe en una frase qué quieres que pase al salir, pásale esa frase y el contexto a la IA, y pídele las tres objeciones más probables con una respuesta breve para cada una. Diez minutos de esto cambian más una reunión que una hora de preparar diapositivas.
Pégale dos o tres textos tuyos y dile «escribe con este tono». Un ejemplo lleva dentro tu ritmo, tu vocabulario y tus manías; ningún adjetivo hace eso. Después quítale lo que tú nunca escribirías y añade lo único que la IA no puede poner: un caso tuyo, una cifra tuya, una opinión que se moje.
Elige cualquiera de los tres y quédate con él un mes. En su versión gratuita los tres escriben, resumen, traducen y ordenan igual de bien para el trabajo del día a día, y las diferencias que verás al empezar dependen mucho más de cómo pides las cosas que de la marca. Cambiar de herramienta cada semana es la forma más rápida de no aprender ninguna.
Elige un momento fijo de la semana, engánchalo a algo que ya haces, y dedícalo siempre a las mismas tres tareas: lo que escribes, lo que tienes que leer y lo que hay que planificar. Cierra con diez minutos de repaso para guardar lo que funcionó. Sin momento fijo y sin enganche, el hábito se cae en la segunda semana.
·4 min de lectura
Practicarlo es otra cosa
Leerlo se hace en tres minutos; que te salga solo requiere hacerlo. El curso son 20 lecciones cortas, y las 3 primeras son gratis.